FIESTAS
Cada año, entre el 31 de octubre y el 2 de noviembre, el calendario marca esos días en los que la línea que separa a los vivos de los muertos parece volverse más delgada que nunca. Sin embargo, no todos miran hacia ese misterio con los mismos ojos.
DESTACADOS.
- “Para el habitante de Nueva York, París o Londres, la muerte es la palabra que jamás se pronuncia porque quema los labios. El mexicano, en cambio, la frecuenta, la burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja”, recordaba Octavio Paz.
- El multitudinario desfile que abría la cinta de James Bond ‘Spectre’ (2015) nunca había existido en Ciudad de México, pero su éxito llevó a las autoridades a recrearlo en la vida real, reuniendo hoy a más de un millón de personas en Paseo de la Reforma.
- Con un gasto que supera holgadamente los 12.000 millones de dólares al año en Estados Unidos, Halloween se ha convertido en el gran termómetro comercial y psicológico de las ventas minoristas antes de la campaña de Navidad.
Con el final de octubre, las calles de grandes ciudades como Londres, Nueva York o Madrid cambian por completo de aspecto. En sus escaparates ganan protagonismo las telarañas artificiales, calabazas talladas con muecas tétricas, máscaras de látex con sangre ficticia y esqueletos de plástico que brillan en la penumbra.
A miles de kilómetros al sur, la escena es muy distinta.
En Ciudad de México, Oaxaca o Michoacán, las casas y los cementerios se visten con el intenso tono naranja del cempasúchil, el perfume del copal, el colorido del papel picado y la tenue luz de las velas dispuestas para orientar a las almas en su retorno.
Ambas citas coinciden en el calendario y abordan el mismo misterio inevitable: el final de la vida terrenal. Sin embargo, reflejan dos visiones culturales, humanas y económicas radicalmente opuestas.
Mientras Halloween transforma el miedo en un juego que alimenta una industria de cifras millonarias y moderniza las tradiciones paganas, el Día de Muertos mexicano invita a un viaje donde el recuerdo se abraza sin temor, entre el aroma del copal, el color de las flores y la calidez del hogar.
Raíces milenarias: del fuego de Samhain al viaje al Mictlán.
Comprender la distancia entre ambas fechas exige viajar en el tiempo. El Halloween contemporáneo desciende de Samhain, una festividad celta nacida hace más de dos mil años en tierras de Irlanda, Escocia y la Isla de Man.
Aquel 31 de octubre ponía fin a las cosechas, cerraba el ciclo agrícola y abría la puerta a los meses oscuros del invierno. Para los celtas, esa noche el límite entre el mundo visible y el invisible se desdibujaba peligrosamente, permitiendo el paso de espíritus, hadas y otras entidades del más allá.
Para aplacar o burlar a estas presencias, los druidas encendían grandes hogueras sagradas y la población recurría al “guising”, una práctica ritual en la que se cubrían con pieles o se pintaban el rostro con carbón para no ser descubiertos por las ánimas errantes.
Con el avance del cristianismo en las islas británicas, la Iglesia buscó absorber esta tradición y fijó en el siglo VIII la solemnidad de Todos los Santos el 1 de noviembre (cuya víspera, “All Hallows’ Eve”, dio nombre a Halloween), seguida por el Día de los Fieles Difuntos el 2 de noviembre.

El pan de muerto, nacido tras la conquista como sustituto del amaranto ceremonial de los ritos prehispánicos Foto: Roberto Carrillo (Pexels).
Al otro lado del océano, el Día de Muertos nació con un pulso espiritual muy distinto: el del México prehispánico.
Comunidades como la mexica, mixteca, zapoteca o purépecha no interpretaban la muerte como un castigo o un premio moral ligado al pecado, sino como un paso definido por la manera en que la persona perdía la vida.
Según estas creencias, quienes morían por causas naturales debían recorrer una travesía de cuatro años a través de los nueve niveles del Mictlán, el inframundo tutelado por los dioses Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl.
Así, en fechas como el mes indígena de Tlaxochimaco o la fiesta de Miccailhuitontli, los vivos preparaban ofrendas y banquetes para guiar y ayudar a los difuntos en su camino. Pero, con la conquista española en el siglo XVI, el calendario católico se impuso sobre aquellas fechas agrícolas.
Sin embargo, lejos de desaparecer, la visión indígena se adaptó y dio forma al Día de Muertos moderno: un mestizaje donde el pan de trigo tomó el relevo del pan ritual de amaranto con sangre, y el crucifijo terminó compartiendo espacio con el sahumerio tradicional.
El miedo al monstruo frente a la mesa compartida.
La gran diferencia entre ambas tradiciones parte de cómo cada sociedad asimila el final de la vida. Marcada por la herencia racionalista y el pudor puritano, la cultura anglosajona contemporánea suele apartar el duelo del día a día, relegándolo a salas de hospital, tanatorios asépticos y camposantos a las afueras.
Al quedar silenciada, esa muerte reaparece en Halloween bajo el disfraz de la pesadilla: asesinos en serie de películas (“slashers”), vampiros, zombis y espectros sedientos de revancha. El temor se neutraliza transformándolo en espectáculo, una descarga de adrenalina que se consume y se olvida antes de la medianoche.
En cambio, la mirada mexicana rompe el tabú e integra la calaca en el humor y la rutina cotidiana.
Como escribió el Premio Nobel de Literatura Octavio Paz en su célebre ensayo `El laberinto de la soledad´ (1950): “para el habitante de Nueva York, París o Londres, la muerte es la palabra que jamás se pronuncia porque quema los labios”.
Sin embargo, señalaba el escritor,
“el mexicano, en cambio, la frecuenta, la burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja, es uno de sus juguetes favoritos y su amor más permanente”.
Y esa cercanía es la que cobra forma en el altar de muertos doméstico. Lejos del sobresalto efectista, la ofrenda es un acto de memoria viva y calidez. En esta cita, los difuntos no regresan a asustar, sino que son invitados de honor.
De este modo, nadie se cubre el rostro para esquivarlos. Al contrario, se limpian las lápidas, se pasa la noche en vela cantando en el panteón y se comparte la mesa con ellos. La muerte, así, deja de ser una despedida para transformarse en un reencuentro.

El banquete de la memoria también mezcla conceptos Foto: Chris Luengas (Pexels)
El gran negocio del más allá.
Más allá de las festividades y tradiciones, lo cierto es que, en pleno siglo XXI, ambas fechas se han consolidado como potentes motores económicos, incluso a nivel internacional, aunque con lógicas muy distintas.
Halloween, por su parte, es el gran modelo del consumo estacional y el comercio minorista. Según los informes de la National Retail Federation (NRF) de Estados Unidos, las compras vinculadas a esta cita no han dejado de crecer en la última década, superando con holgura los 12.000 millones de dólares anuales.
Allison Zeller, vicepresidenta de Conocimiento del Consumidor e Industria de la NRF, explicaba que
“los consumidores siguen considerando a Halloween una prioridad de gasto”
tal y como recoge Medium. Eso sí, funciona como la antesala de la campaña de Navidad:
“están abordando la temporada con la asequibilidad en mente”.
Por su parte, el beneficio económico del Día de Muertos impulsa sobre todo el comercio de barrio, el campo, la artesanía y el turismo. Aun así, la tradición no ha quedado al margen del escaparate global.
Una prueba evidente ocurrió en 2015 tras el estreno de ‘Spectre’, la vigesimocuarta entrega de la saga de James Bond, dirigida por Sam Mendes. Su arranque mostraba al agente 007 persiguiendo a un enemigo en medio de una fastuosa y multitudinaria comparsa de calaveras por el centro de la Ciudad de México.
Aquel desfile nunca había existido en la historia de la capital. Sin embargo, el eco del filme desató tal expectación que el Gobierno de la Ciudad de México y el Consejo de Promoción Turística decidieron organizar en 2016 el primer “Gran Desfile de Día de Muertos”, aprovechando incluso parte del material de atrezo del rodaje.
Hoy, la cita congrega a más de un millón de asistentes en el Paseo de la Reforma, demostrando cómo la propia tradición supo reinventar una ocurrencia de Hollywood para conquistar la mirada del turismo internacional.
Punto de encuentro y resistencia cultural.
La cercanía geográfica y el flujo migratorio constante entre México y Estados Unidos han propiciado que, durante las últimas tres décadas, ambas celebraciones convivan en un continuo diálogo.
En los años ochenta y noventa, intelectuales y sectores tradicionalistas mexicanos dieron la voz de alarma ante el temor de que una invasión de Halloween borrara las costumbres locales.
Lejos de extinguirse, la tradición se transformó: en esta era, en los altares conviven fotos familiares de antaño con calaveritas de iconos pop, mientras la estética mexicana conquista el imaginario de Halloween.
La Catrina fue creada a principios del siglo XX por el ilustrador José Guadalupe Posada como sátira contra quienes renegaban de sus orígenes indígenas bajo el título de “La Calavera Garbancera”, y rebautizada luego por Diego Rivera en su célebre mural dominical.
Hoy, es uno de los maquillajes más repetidos en las fiestas de Norteamérica y Europa.
Esa fusión se palpa en la calle: la noche del 31 de octubre, los niños mexicanos salen a “pedir calaverita”, entrelazando el clásico “truco o trato” (trick-or-treat) anglosajón con la petición tradicional de dulces o monedas, llevando calabazas de plástico o cajas caladas con velas.
Además, éxitos del cine como ‘The Book of Life’ (2014) o ‘Coco’ (Pixar, 2017) proyectaron al mundo los pétalos de cempasúchil y el papel picado, reavivando el debate sobre la delgada línea entre el homenaje legítimo y la apropiación mercantilista.
Aun así, a pesar de los intentos del mercado por uniformar ambas fechas en un único escaparate de consumo, el trasfondo de cada una responde a inquietudes humanas muy distintas.
Una cultura apaga las luces del hogar para experimentar la adrenalina y el horror ante una muerte que teme y esquiva, mezclando juego y tradición.
La otra enciende cirios en la mesa familiar para guiar el retorno de los suyos, convencida de que la verdadera muerte no llega con el último suspiro, sino con el olvido.
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