Redacción.
No se trata de discutir menos o de tener la razón, sino de discutir mejor, destaca un especialista en psicología de la interacción, que ofrece algunas claves para ver los conflictos de una manera diferente, manejarlos con éxito y sentirnos “infinitamente mejor con nosotros mismos y los demás”.
Destacados:
- “Las discusiones que generan malestar nacen del roce, del desencuentro, de una palabra mal dicha o escuchada que deja un silencio o una tensión entre dos personas”, señala Sergio de Vocht, educador especializado y mediador de conflictos.
- “Las palabras que usamos al discutir, vienen cargadas de siglos de defensa y conflicto, porque seguimos actuando, en lo profundo, como seres primitivos, intentando sobrevivir al otro, y defendiendo la identidad que creemos tener”, señala.
- “Para ser constructiva y generar bienestar, una discusión debe partir de la humildad y de reconocer que somos seres torpes, limitados, y que cualquier explicación que demos, por mucho que intentemos hacerla coherente, siempre será incompleta”, destaca.
“Nos enseñaron a mirar hacia dentro para sanar, pero nuestro malestar no suele ser una grieta personal ni una herida privada, sino que en realidad surge de nuestra interacción con otras personas”, señala el educador especializado, mediador de conflictos y terapeuta, Sergio de Vocht (@socialmediatorr en Instagram) en una entrevista con EFE.
“El malestar casi siempre nace del roce, del desencuentro, de esa palabra mal dicha o escuchada que deja un silencio o una tensión entre dos personas. Ahí está la semilla de las discusiones”.
Señala de Vocht, fundador del proyecto Emosocial (www.emo-social.com) para el apoyo, comprensión y acompañamiento de adolescentes en su evolución personal y adaptación social.
Su enfoque terapéutico, que se inscribe en la llamada Psicología de la interacción y que este experto describe en su libro ‘Aprende a discutir mejor’, parte de la certeza de que la mayoría de los sufrimientos humanos son sociales, no individuales, y ofrece una sanación interior y un marco constructivo para resolver conflictos.
El principal origen de los malestares psicológicos.
“Muchas veces no estamos mal porque tengamos un problema interno, sino porque ha sucedido algo en una interacción con alguien o porque el entorno ha influido, sugestionado y moldeado tanto nuestra mirada que terminamos creyendo que el problema somos nosotros y no un sistema con mil factores que influyen en cómo nos sentimos”, razona.
“Cuando discutimos, a menudo seguimos actuando, en lo profundo, como seres primitivos, intentando sobrevivir al otro y las palabras que usamos en esas discusiones vienen cargadas de siglos de defensa y conflicto”, advierte.
“Nos pasamos media vida intentando defender a toda costa la identidad que creemos tener, olvidando que ésta es algo vivo y que está influenciada por el contexto y la cultura. Y eso nos aísla y confronta con los demás y con nosotros mismos”, señala.
Afortunadamente, “podemos desprogramar esa herencia primitiva para que podamos volver a hablar, a discutir y a vivir nuestras relaciones y nuestra vida desde otro lugar, y así estar infinitamente mejor con nosotros mismo y los demás”, destaca.
Las claves de la interacción constructiva.
Para que una discusión sea constructiva y generadora de bienestar “deberíamos partir de la humildad y reconocer que somos seres torpes, limitados y que cualquier explicación que demos, por mucho que intentemos hacerla coherente, siempre será incompleta”, señala de Vocht.
Al discutir siempre “se nos escaparán factores, matices y variables que no tendremos en cuenta. Sea lo que sea lo que expliquemos y sea como sea la manera en que defendamos nuestros razonamientos y puntos de vista, siempre incurriremos en algo de reduccionismo”, argumenta.
Es que “nunca vamos a poder abarcar todas las circunstancias que hacen que algo suceda de una determinada manera o que nos lleven a comportarnos de un modo determinado”, sostiene.
Por eso, “en una discusión deberíamos estar atentos a cuando aparezca nuestra tontería disfrazada de seguridad, esa falsa certeza que nos lleva a creer que tenemos la razón absoluta”, añade.
Para De Vocht “muchas veces, lo que realmente nos duele en una discusión es que la respuesta del otro pone en duda la imagen muy segura que tenemos de nosotros mismos”.

Foto: Rawpixel-123RF.
La forma más sana de abordar un conflicto.
Explica que solemos abordar los conflictos “de modo problemático, bajo la influencia de ciertas normas morales y sociales incorporadas en la cultura, ya que interpretamos lo que ocurre a través de un filtro connotativo ya aprendido”.
Por eso, “una forma más sana de entender los conflictos sería intentar salir, en la medida de lo posible, de ese filtro connotativo que tienen las palabras y las situaciones”, según este especialista.
Lo que sucede es que “no vemos solo la situación ni escuchamos solo las palabras: las cargamos automáticamente de significados, juicios y asociaciones previas. Por ejemplo, cuando alguien nos habla con enfado, solemos interpretarlo enseguida como una falta de respeto y ese tono nos afecta”, apunta.
“Pero, si comprendemos que esa persona está bajo una emoción de enfado y que está utilizando los recursos lingüísticos que tiene para expresarla, entonces podremos comprender que, en realidad, está hablando de sí misma, aunque lo haga dirigiéndose a nosotros”, asegura De Vocht.
Señalamientos: ataques verbales en defensa propia.
Por otra parte, “puede ocurrir que la persona con la que discutimos nos utilice como referencia o que nos culpe o responsabilice por su enfado, si aquello que le hace sentir de esa manera tiene que ver con algo que ha ocurrido previamente con nosotros”, prosigue.
En el caso de que nos señalen o responsabilicen, necesitamos entender que nuestro interlocutor “está intentando posicionarse, defenderse o expresarse desde su propio malestar”, explica.
“Cuando alguien te señala, te acusa o te marca una debilidad que le ha molestado, no está hablando únicamente de ti; se está refiriendo, sobre todo, a sí mismo, a cómo vive esa situación, a cómo la interpreta y a aquello que le mueve por dentro”, puntualiza.
“En lugar de rechazar su mensaje, debemos aprender a traducirlo”, enfatiza.
Un obstáculo para efectuar esta ‘traducción’, según De Vocht, es que “vivimos en continua comparación y dentro de un marco social en el que, muchas veces, una forma de posicionarnos consiste en marcar el valor, el error o la debilidad del otro".

Foto: Dylan Gillis/ Unsplash.
"Señalar al otro se convierte en una manera de proteger nuestra propia imagen, y muchas veces lo hacemos sin damos cuenta”.
Por eso, “la manera positiva de ver las discusiones es entenderlas como el intento torpe de seres humanos que arrastran una historia cultural, emocional y lingüística, y que muchas veces ni siquiera tienen palabras exactas para expresar lo que sienten”, de acuerdo con este especialista.
Un cambio de mirada en nuestra forma de discutir.
“Desde ese punto de vista, aquello que normalmente interpretamos como una falta de respeto —por ejemplo, que alguien nos hable con enfado—, podremos verlo simplemente como lo que es: una persona expresando su enfado, y no necesariamente una persona que no está degradando”, aclara.
“Ese cambio de mirada, que surge de quitarle las connotaciones a las palabras y sentimientos de la otra persona, transforma mucho la discusión”, enfatiza.
- Con ese enfoque de la discusión, “no se trata de exigir que el otro mida perfectamente lo que dice o cómo lo dice, sino de desarrollar nuestra capacidad de no recibir automáticamente sus palabras como una humillación o un ataque a nuestro valor, sino de entenderlas como una forma torpe de protección del otro”, reflexiona De Vocht.
“Si entendemos todo esto, entonces la manera de enfocar los conflictos cambia. Aparecen más humildad, y también la posibilidad de decir: `Qué torpe soy´, en lugar de tomarnos lo todo lo que nos dicen como algo definitivo o personal”, recalca.
Al entender las discusiones de este modo, “también surgirá en nosotros una comprensión más amplia de que seguimos teniendo una parte muy primitiva y reactiva, y de que el mundo, las relaciones y las emociones son demasiado complejos como para reducirlo todo a culpables, faltas de respeto o verdades absolutas”, concluye.
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