Folclore digital: cuando el terror habita en la pantalla
De los “creepypastas” a fenómenos como el “Analog Horror” o las “Backrooms”, las comunidades virtuales han tomado el relevo de las leyendas urbanas y las historias de miedo tradicionales.
El rostro del nuevo terror: Los monstruos nacidos de internet exploran el valle inquietante a través de estéticas perturbadoras que mezclan lo cotidiano y lo grotesco. Ilustración de Miguel Rodríguez (Pexels).
TENDENCIAS
De los “creepypastas” a fenómenos como el “Analog Horror” o las “Backrooms”, las comunidades virtuales han tomado el relevo de las leyendas urbanas y las historias de miedo tradicionales.
DESTACADOS.
De las pantallas caseras a Hollywood: el fenómeno de “The Backrooms” culminó con una película que superó los 400 millones de dólares en las salas de cine de todo el mundo.
Monstruos como “Slender Man” representan un fenómeno cultural inédito: una criatura “intencionalmente creada como una ficción, pero con el aspecto y la sensación de una leyenda”.
A diferencia de los cuentos clásicos que avisaban con un “había una vez”, el terror digital busca dinamitar cualquier frontera entre fantasía y realidad.
¿Quién no ha escuchado historias de miedo alrededor de una hoguera? Al abrigo de las brasas, la tradición oral daba rostro a lo desconocido mediante figuras como el hombre del saco, los aparecidos o las criaturas cambiaformas.
En pleno siglo XXI, sin embargo, el crepitar de las llamas ha dado paso al brillo frío de los teléfonos móviles y los monitores en habitaciones a oscuras. Las reuniones de amigos son ahora hilos de Reddit, foros anónimos y canales de YouTube. Porque las historias de miedo no han desaparecido: se han transformado en una mitología colectiva.
Estos relatos contemporáneos ya no aguardan el paso de varias generaciones para consolidarse. Surgen de lo que antropólogos y expertos en comunicación denominan “folclore digital”. Y han roto las reglas clásicas.
Así, si los cuentos tradicionales advertían de su condición ficticia con su “érase una vez”, el horror de internet persigue el efecto opuesto: diluir la frontera entre la fantasía y la realidad y disfrazarse de veracidad.
“Slender Man”, el primer “creepypasta”.
Para comprender el momento exacto en el que este terror internauta alcanzó la categoría de auténtico mito contemporáneo hay que viajar hasta 2009. El escenario fue el foro Something Awful, donde el usuario Eric Knudsen, oculto tras el alias Victor Surge, compartió dos montajes fotográficos para un concurso de “imágenes paranormales”.
Las estampas mostraban una silueta perturbadora: un ser desproporcionadamente delgado y alto, vestido de traje oscuro, con extremidades larguísimas y una faz blanca desprovista de rasgos faciales, que acechaba a varios niños en parques infantiles. Había nacido “Slender Man”.
Pero, lejos de blindar su obra bajo los límites de los derechos de autor, Knudsen dejó la puerta abierta a la libre interpretación. La comunidad virtual hizo el resto. En cuestión de meses, miles de usuarios expandieron el universo del personaje mediante microficciones, supuestos grabados medievales que sugerían que la entidad ya existía siglos atrás, y series web rodadas con estética casera como la influyente ‘Marble Hornets’.
Aquella fascinación colectiva no tardó en llamar la atención del ámbito académico. En una investigación publicada por la Utah State University Press, los folcloristas Trevor J. Blank y Lynne S. McNeill concluyeron que esta figura representaba un fenómeno “intencionalmente creado como una ficción, pero con el aspecto y la sensación de una leyenda”.
Y es que la propia arquitectura abierta de los foros ofreció el refugio perfecto para que la intriga compartida se impusiera a cualquier verificación de los hechos. Y, junto a “Slenderman”, surgieron otras criaturas: Laughing Jack, Jeff the Killer, The Goatman... Y otras leyendas urbanas sobre videojuegos malditos o experimentos secretos.
A todas estas historias se las conoce como “creepypastas” (del “copypaste” inglés, vocablo que se utiliza para hacer alusión a copiar y pegar texto y contenidos en internet). Pero el horror digital no tocó techo con ellos.
La nostalgia corrompida del “Analog Horror”.
El subgénero del `Analog Horror´ convierte los aparatos cotidianos de finales del siglo XX (como los televisores de tubo y las grabaciones domésticas) en vehículos de una amenaza invisible. Ilustracion Alinny (Pexels)
A medida que internet fue transformando sus hábitos de consumo y la lectura en los foros cedió el protagonismo al auge imparable del vídeo, el miedo en la red experimentó su siguiente gran salto evolutivo: la consolidación del “Analog Horror” (terror analógico).
Este subgénero, gestado a mediados de la década de 2010 y consagrado como fenómeno de masas en la década posterior, decidió dejar a un lado a los monstruos tangibles. En su lugar, apostó por una inquietud mucho más sutil y psicológica: la degradación de los antiguos soportes magnéticos y la fragilidad de las instituciones que debían protegernos.
El punto de partida de esta corriente lo marcó el historietista Kris Straub con un proyecto pionero: recrear la señal de un ficticio canal de televisión comunitaria cuyas emisiones de madrugada sufren violentas interferencias a lo largo de distintos años.
Piezas tan inquietantes como ‘Weather Service’ o ‘Contingency’ simulaban mensajes gubernamentales de alerta máxima que ordenaban a la población mirar fijamente a la luna o recurrir al suicidio colectivo en posición fetal para evitar ser capturados por una fuerza invisible que intervenía las frecuencias oficiales.
A través de esta fórmula, el “Analog Horror” convierte la decadencia técnica en una experiencia perturbadora. Además, este tipo de terror se mezcla muchas veces con el concepto de “metraje encontrado”, en el que se simula que los materiales han sido hallados y que son reales.
En estos contenidos, el espectador asiste a grabaciones en cintas VHS deterioradas, pitidos de emergencia distorsionados, el barrido de los monitores de tubo catódico, locuciones robóticas y supuestas guías médicas o religiosas alteradas con fines siniestros.
El gancho reside en el conocido “valle inquietante” (“uncanny valley”) y en la vulneración de la intimidad doméstica. Aquellos dispositivos que entre las décadas de 1980 y 1990 representaban la tranquilidad del salón dejan de ser un refugio cotidiano para convertirse en una presencia amenazante que parece observar al espectador desde su propio hogar.
“The Backrooms” y los espacios liminales.
La fascinación por los "espacios liminales" sentó las bases del fenómeno viral "The Backrooms", una pesadilla ambientada en oficinas infinitas y deshabitadas. Iludtrsacion Josh Hild (Pexels).
Si el “Analog Horror” se apoyó en el deterioro de la memoria magnética, una tercera corriente del terror digital decidió poner el foco en la geografía del vacío: la fascinación por los denominados “espacios liminales”. Su manifestación más célebre vio la luz en mayo de 2019 en el tablón sobre sucesos paranormales del foro 4chan.
Todo comenzó cuando un participante anónimo pidió a la comunidad imágenes inquietantes que transmitieran una sensación extraña o fuera de lugar. La instantánea elegida para abrir el debate era, a simple vista, anodina: una solitaria habitación desierta, revestida con un monótono papel de pared amarillo, alfombrada con una vieja moqueta beige y alumbrada por la luz fría de varios tubos fluorescentes.
Apenas un día después, otro usuario anónimo publicaba el texto que bautizo al mito: “Si no tienes cuidado y te sales de la realidad mediante un `noclip´ en las áreas equivocadas, terminarás en las ‘Backrooms’”.
Así se usó por primera vez el nombre, pero además, se definió al mismo como un lugar
“donde no hay nada más que el hedor a moqueta vieja y húmeda, la locura del monocromo amarillo, el interminable ruido de fondo de las luces fluorescentes a su máximo zumbido, y aproximadamente seiscientos millones de millas cuadradas de habitaciones vacías segmentadas al azar en las que quedar atrapado”.
Y el mensaje terminaba con una contundente advertencia: “que Dios te salve si escuchas a algo merodeando cerca, porque ten por seguro que ya te ha escuchado a ti”. De este modo, nació un nuevo mito de internet.
El concepto de “noclip”, que en el lenguaje de los videojuegos describe el error de programación que permite a un personaje atravesar superficies sólidas, conectó de inmediato con la sensibilidad de una generación criada en entornos virtuales: el horror ya no habita casas encantadas, sino una dimensión paralela e infinita de asépticas habitaciones.
El impacto definitivo de la historia llegó en enero de 2022. Con apenas 16 años, el realizador Kane Parsons (popular en redes como Kane Pixels) publicó en su canal de YouTube el corto de metraje encontrado y animación 3D ‘The Backrooms (Found Footage)’. El vídeo superó con rapidez las decenas de millones de reproducciones.
Y el fenómeno ha tenido un reciente salto a la gran pantalla coronado por el éxito: el propio Kane ha dirigido la película de ‘The Backrooms´, que superó los 400 millones de dólares de recaudación en las salas de cine de todo el mundo y lideró la taquilla global, confirmando que este nuevo folclore ha llegado para quedarse.
La hoguera del miedo nunca se apaga.
Durante siglos, la tradición oral al abrigo del fuego sirvió a las comunidades para dar forma a sus miedos y leyendas compartidas. Iludtrsación Federico Tomasoni (Pexels).
Pero, ¿cómo han conseguido estas criaturas virtuales desplazar a los monstruos clásicos en la cultura popular? La clave reside en las propias transformaciones de nuestra sociedad. Mientras los relatos recopilados por los hermanos Grimm o las leyendas rurales surgieron para advertir de los peligros del bosque sombrío y las amenazas de la naturaleza indómita, los mitos de internet responden a las inquietudes colectivas del siglo XXI.
En sus tramas se reflejan la despersonalización en los monótonos entornos corporativos, la sospecha permanente hacia los canales oficiales de información, el exceso de estímulos audiovisuales y una paradójica soledad en plena era de la hiperconexión global.
Además, en estos relatos no existe una firma exclusiva ni nombres laureados como los de Mary Shelley o Bram Stoker. Operan, más bien, como inmensas colmenas colaborativas: cualquier persona con conexión a la red puede ampliar una enciclopedia comunitaria, manipular una grabación con estética de falso metraje encontrado o diseñar en tres dimensiones un nuevo pasillo interminable.
Y es que, en el fondo, este fenómeno representa el regreso más fiel a las antiguas reuniones al calor de las llamas: ficciones vivas que se transforman de manera constante según la voz del narrador de turno.
Porque la única diferencia está en que la hoguera contemporánea se alimenta de millones de pantallas conectadas a la corriente eléctrica. Y, en esa penumbra digital, los nuevos fantasmas ya no necesitan esperar a la noche para manifestarse.