
Cultura
Una vida rodeada por un círculo de genios y acólitos, un romance con Alice B. Toklas, una escritura impenetrable que desafiaba las convenciones y un salón en el 27 de la rue de Fleurus. Gertrude Stein lo fue todo en el naciente vanguardismo parisino: coleccionista, escritora, mecenas, teórica, epicentro y profeta.
- Hurgar en sus relaciones, exageradamente personales, con pintores como Pablo Picasso o escritores, destacando a Ernest Hemingway, de principios del siglo XX, es adentrarse en la génesis del modernismo y la generación perdida. Porque, en torno a Stein, ocurría.
El origen del 27 de la rue de Fleurus.
Poco después de abandonar sus estudios de medicina en Estados Unidos, Gertrude llegó a Europa en 1903. Iba tras los pasos de su hermano Leo, quien se había mudado a Londres un año antes.
Se trasladaron a París y se instalaron en una vivienda de la ribera izquierda del Sena donde vivieron juntos hasta 1914. Su convivencia resultó en una de las mayores colecciones de arte moderno de la historia.
Con 8.000 francos en su cuenta, los Stein inauguraron su pinacoteca en 1904 con lienzos adquiridos en la Galería Vollard: ‘Girasoles’ y ‘Tres tahitianos’, de Paul Gauguin, ‘Bañistas’ de Paul Cézanne, y dos cuadros de Pierre-Auguste Renoir.
Pronto —en 1905— fueron adquiriendo obras de artistas emergentes: ‘Perseo y Andrómeda’ de Eugène Delacroix, ‘Mujer con sombrero’ de Henri Matisse y su primer Picasso, ‘Familia de acróbatas con mono’.
Poco a poco, la muestra se nutrió de obras de artistas emergentes como Félix Valloton, Henri Manguin, Henri de Toulouse-Lautrec, Pierre Bonnard, Honoré Daumier… forjando una colección de más de 600 lienzos que cubrían cada rincón.
La relación entre los hermanos fue deteriorándose paulatinamente hasta que, en 1914, él se trasladó a Florencia y se llevó consigo los ‘Matisses’ y ‘Renoirs’, y ella permaneció en París junto a Alice B. Toklas, los ‘Cézannes’ y ‘Picassos’. Nunca se reconciliaron.
Pero lo fundamental de este salón, no fue solo la colección, sino que Gertrude entabló amistad con los artistas, contribuyendo a sus experimentos pictóricos. En palabras del crítico y promotor de arte Henry McBride: “Coleccionaba genios más que obras maestras”.
El “Salón Stein”, lugar de peregrinación.

Escultura de Gertrude Stein del escultor Jo Davidson expuesta en el museo Smithsoniano de Arte Americano. Wikimedia Commons/Jo Davidson.
Atraídos, en principio, por la colección de arte modernista que comenzaron los hermanos, las figuras que definieron el arte y la literatura de la vanguardia europea de la ‘Belle Époque’ y el periodo de entreguerras, desfilaron cada sábado de 1904 a 1914 por el 27 de la rue de Fleurus.
Un lugar cuyo foco eran la personalidad fuerte, la independencia y el ingenio proyectados por Gertrude.
Comiendo con Picasso, creando con Hemingway, debatiendo con Matisse, charlando con Ezra Pound, escribiendo con Djuna Barnes, diseñando con Marie Laurencin o bromeando con Juan Gris, Gertrude creó un espacio de encuentro artístico e intelectual que llegó a conocerse como “El salón Stein”.
Su dinámica era simple: “Había mucha gente, grupos dispersos, parejas o personas solas, todos mirando y mirando. Gertrude Stein se sentaba junto a la estufa, hablaba y escuchaba”, narra Stein en ‘La autobiografía de Alice B. Toklas’, sus memorias contadas desde la perspectiva de su pareja.
En las recepciones de los Stein, que se convirtieron en un rito de iniciación al movimiento modernista, Matisse y Picasso se embarcaron en una de las rivalidades más fructíferas del arte, y Gertrude y el malagueño iniciaron una amistad y un patronazgo que consolidó el éxito del artista.
El patronato de Gertrude Stein como un catalizador del éxito de Picasso.
Stein y Picasso, reconociéndose entre ellos como genios, congeniaron desde su primer encuentro. A pesar de que ninguno hablaba ni entendía el idioma nativo del otro, su fascinación y conocimiento por el arte forjaron una amistad cuyo reflejo más conocido es el retrato que él realizó de ella entre 1905 y 1906.
Fue en el “Salón Stein” donde la obra de Picasso —coleccionada asiduamente por Stein— fue vista por primera vez por una audiencia amplia, lo cual fue vital para su éxito posterior. Así lo sugiere Andrea Weiss en su documental ‘París era una mujer’ (1996): “Es posible que Picasso hubiera seguido siendo un artista condenado a sobrevivir del trueque de sus pinturas… Según la propia Gertrude, la familia Stein controló la producción de Picasso, ya que eran los únicos que lo querían. Ciertamente parecería que, sin Stein, la historia de Picasso hubiera sido muy diferente”.
Más de un centenar de trabajos del malagueño —destacando ‘Tres mujeres’ y ‘La mesa del arquitecto’— fueron coleccionados por la estadounidense. Porque, para ella, “fue el único en la pintura que vio el siglo XX con sus ojos y vio su realidad y, en consecuencia, su lucha fue aterradora”. El patronato tuvo sus frutos a partir de 1919, cuando Picasso comenzó a regalarle cuadros porque había tenido tal éxito que ella no podía permitirse comprarlos.
Stein, la “madrina literaria” de la generación perdida.

Retrato de Gertrude Stein por el pintor y grabador Félix Vallotton (1907). Wikimedia Commons/Félix Vallotton.
Cuando la I Guerra Mundial finalizó en 1918, Gertrude se centró en los escritores estadounidenses que acudían a su puerta atraídos por su prestigio e influencia. Y, al igual que reconoció y aupó el talento de los artistas modernistas, hizo lo propio con Hemingway, F. Scott Fitzgerald, Pound o Sherwood Anderson. Autores que Stein bautizó como la “generación perdida”.
Con 23 años, Hemingway fue a visitar a Stein en París con una carta de recomendación de Anderson. Regresó una y otra vez. La peculiar relación entre ambos —él, hipermasculino, y ella, lesbiana y con el doble de edad— fue tanto de mentoría como de amistad. Stein leyó, criticó y editó el trabajo del escritor: “Hay demasiada descripción, y no especialmente buena”, se relata en ‘La Autobiografía de Alice b. Toklas’.
Su estrecha relación se deterioró debido a tensiones y críticas por ambas partes. Tras la publicación de ‘Fiesta’ (1926) la amistad se enfrió y se rompió definitivamente cuando Stein describió a Hemingway como “cobarde” (‘Yellow’, en original) en sus memorias y sugirió que había aprendido a escribir gracias a su tutela.
Más allá del mecenazgo.
Stein no solo influyó en el desarrollo de los movimientos artísticos de principios del siglo XX, sino que también es considerada como fundadora del modernismo literario gracias a sus obras ‘Ser norteamericanos’ o ‘Tender Buttons’. Sus experimentos narrativos, la reformulación en la construcción de frases y un estilo repetitivo y rítmico; crearon unos escritos de difícil lectura. Algo que no pasó desapercibido y que se refleja en un intercambio que tuvo con unos periodistas cuando realizó una gira de conferencias por Estados Unidos:
—¿Por qué usted no escribe como habla?—, le preguntaron.
—¿Y por qué ustedes no leen como yo escribo?—, replicó Stein.
Stein jugó un papel fundamental e indiscutible en el despertar artístico de París y Europa, convirtiéndose en una especie de profeta que reconoció y encumbró el talento hasta su muerte el 27 de julio 1946, hace 80 años, en la capital francesa.
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