Arte.
La pasión de Cristo —el expolio, la coronación de espinas, el camino al Calvario, la crucifixión, el descendimiento, el entierro y la Resurrección— se despliega en siete obras maestras que condensan uno de los relatos más poderosos de la fe católica que trasciende lo estrictamente devocional.
La pasión de Cristo ha ofrecido a lo largo de la historia del arte un rico repertorio simbólico y narrativo capaz de transmitir los conceptos de fe, moral y poder, inaccesibles de otro modo para la mayoría de la población.
A lo largo de la historia los artistas tradujeron la emoción de los Evangelios, la fuerza del sacrificio y la tensión dramática de esos relatos en imágenes comprensibles para todos.
Entre los siglos XIII y XVIII, el arte sacro no solo acompañó la fe sino que la estructuró y la difundió con una eficacia que ningún otro medio podía igualar.
En ese contexto, la imagen asumió un papel conceptual y pedagógico decisivo: en una sociedad donde la palabra escrita estaba reservada a unos pocos, las representaciones visuales enseñaban, explicaban y fijaban en la memoria colectiva los momentos esenciales de la fe cristiana.
1. La coronación de espinas (1603) en el Museo de Historia del Arte de Viena.
Es uno de los dos cuadros que Caravaggio ejecutó sobre el tema y uno de los más elegantes del pintor lombardo. Caravaggio utilizó como modelo a un hombre joven pero maduro, alejándose de los sensuales jóvenes de su primera época.
La escena de tortura destaca por la fortísima impresión que provocan los soldados agresivos, distribución que caracteriza otros cuadros del pintor. Así, la escena de tortura y violencia resulta desagradable, ante la visión del cuerpo masculino, resaltado por la luz, frente a los burdos rostros y los gestos de sus verdugos.

Museo de Historia del Arte de Viena
2. Cristo con la cruz a cuestas, una de las dos versiones de Tiziano conservadas en el Museo del Prado (1565-1570).
Fue pintada al final de su vida, cuando el maestro veneciano había liberado definitivamente la pincelada y había intensificado el cromatismo.
Un primerísimo primer plano —inusual en su pintura— acerca el sufrimiento de Jesús al espectador: un hombre profundamente humano que gira el rostro, conteniendo el dolor, para clavarnos una mirada a punto de quebrarse en lágrimas, con la que nos lo dice todo.
La diagonal que traza la cruz, apoyada sobre la espalda de Cristo, organiza la composición y acentúa su tensión dramática. Frente a la austeridad narrativa de una primera versión —también conservada en el Prado—, ésta gana en intensidad cromática, en luz, frescura y dinamismo. En ella, la pintura respira modernidad por todos sus poros.

Foto: ©Museo Nacional del Prado
3. La Crucifixión alcanza en la que pintó Velázquez (1632).
Ese instante exacto de la muerte, despojado de paisaje y de cualquier referencia temporal. El cuerpo sereno, sin marcas visibles de dolor, clavado con cuatro clavos según la fórmula defendida por su maestro —y suegro— Francisco Pacheco, emerge sobre un fondo oscuro.
La ausencia de sangre y la musculatura en reposo contienen el sufrimiento y lo subliman en una serenidad que conmueve más que cualquier dramatismo barroco. Un leve halo ilumina la figura, reforzando la idea de Cristo como luz que se impone sobre la tiniebla.
La perfección apolínea de la anatomía, su palidez y su recogimiento absoluto transmiten paz: más que un Cristo muerto, parece meditar, descansar, estar en armonía con su destino.
El titulus sobre la cruz, con el curioso error Nazaraenvus, añade un matiz humano y casi anecdótico a la obra.
La pureza de esa anatomía luminosa se convierte así en un “espejo del sol de vida, del que nunca muere”, en palabras de Miguel de Unamuno, y consolida a Diego Velázquez como un maestro capaz de reconciliar sufrimiento y belleza en un instante suspendido entre lo humano y lo divino.

Museo del Prado
4. El Descendimiento de la cruz alcanza una intensidad casi escultórica en la obra realizada por Rogier van der Weyden (1435).
Concebida como la tabla central de un tríptico cuyos laterales no se conservan, reúne diez figuras de gran tamaño que parecen formar un grupo tallado. Cristo, de cuerpo pálido, es sostenido por José de Arimatea y Nicodemo.
No se aprecian las huellas de la flagelación, pero la escena está a punto de derrumbarse emocionalmente: el cuerpo de la Virgen, desvanecido, reproduce en paralelo la misma curva del cuerpo de su hijo. La cruz ocupa el centro exacto de la composición.
La fidelidad anatómica queda subordinada a la elegancia lineal y al minucioso preciosismo flamenco. Ejecutada para una capilla de Lovaina, la obra fue adquirida en 1549 por María de Hungría, hermana de Carlos V, y trasladada posteriormente a Monasterio de El Escorial, antes de ingresar en las colecciones del Museo del Prado.

Foto: ©Museo Nacional del Prado
5. El Cristo muerto de Andrea Mantegna (1480-1490).
Conservado en la Pinacoteca de Brera de Milán es una de las imágenes más estremecedoras del Renacimiento italiano. Jesús yace sobre una losa de mármol. La cabeza, ligeramente ladeada, descansa inmóvil sobre un almohadón; el rostro conserva una gran gravedad.
Pero es el cuerpo, dispuesto perpendicular al plano, colocado en escorzo, uno de los más arrebatados, que provoca la conmoción al espectador, y parece lanzar la figura hacia el espectador con una perspectiva extrema.
La blanca palidez del cadáver, de cintura hacia arriba, el cuerpo desnudo; de la cintura hacia abajo cubierto por una sábana cuyos pliegues minuciosos intensifican la sensación de realidad.
La escena no tiene un fundamento bíblico directo: es una recreación del pintor ya que los Evangelios relatan que el cuerpo fue entregado a José de Arimatea, miembro del tribunal supremo judío.
En cualquier caso, la obra es toda una exposición descarnada de la humanidad de Cristo, tema frecuente en el Renacimiento, pero nunca hasta entonces se había mostrado con tal evidencia el carácter irrevocable de la muerte. No hay simbolismo, ni retórica devocional, solo un hombre muerto.

EFE/Amalia González
6. Para realismo descarnado el de El Santo Entierro de Caravaggio (1602-1604).
Conservado en los Museos Vaticanos. San Juan y Nicodemo sostienen el cuerpo inerte en una composición a base de escorzos violentos. El sepulcro, situado en primer plano, coloca al espectador a un nivel inferior, aumentando la sensación de monumentalidad.
El tenebrismo es evidente, donde el cuerpo desnudo de Cristo se convierte en foco lumínico. La carne blanda del brazo cae con el peso de la muerte, sin rastro visible de divinidad. El exagerado realismo de los personajes —demasiado rudo para algunos sectores de la curia romana— provocó críticas por su crudeza.
Caravaggio no representa la Sepultura ni el Descendimiento de manera tradicional:
Cristo no es mostrado mientras es bajado a la tumba, sino cuando, en presencia de mujeres devotas, es colocado por Nicodemo y Juan sobre la Piedra de la Unción, es decir, la lápida con la que se cerrará el sepulcro, generando una altísima tensión dramática.

Museos Vaticanos
7. La Resurrección, piedra angular de la Semana Santa. Elegimos la de El Greco (1597–1600).
El artista que pintaba "para hacer visible lo invisible".
Jesús se eleva glorioso pero muy sereno sobre los soldados que lo observan, tan asombrados como temerosos, ante lo que están viendo, tal y como relata el Evangelio de San Mateo: los guardias quedaron paralizados ante la aparición del ángel.
Siguiendo las pautas de la Contrarreforma, se elimina el sepulcro y cualquier referencia a la tumba: la obra no se centra en el vacío del lugar, sino en la gloria de Cristo, subrayando su triunfo sobre la muerte y lo divino del suceso.
Esta pintura condensa el sentido último de la Pasión: la muerte vencida, la fe y la esperanza renovada. El Greco plasma la escena con un repertorio de gestos que traducen los distintos grados de percepción de lo divino: luz que deslumbra, misterio que asombra, alegría que se recibe con entusiasmo.
- Su manejo del espacio estrecho y alargado es magistral: los soldados se apiñan en un caos contenido pero donde el resultado es una especie de éxtasis de energía y fuerza expresiva, donde luz, forma y composición proyectan lo milagroso y lo sublime.

Museo Nacional del Prado
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