
ASUNTOS SOCIALES
Hace décadas las Madres de Plaza de Mayo convirtieron un pañal de tela en un símbolo internacional de los derechos humanos. Hoy, aquellos pañuelos blancos se multiplicaron en diversas causas, colores y territorios. Su circulación por Iberoamérica cuenta una historia de aprendizajes entre movimientos, pero también de disputas.
- En octubre de 1977, un grupo de mujeres necesitaba encontrarse entre la multitud que peregrinaba a la basílica de Luján, en Argentina. Buscaban a sus hijos e hijas desaparecidos y habían decidido participar de una de las concentraciones masivas que todavía eran posibles bajo la dictadura.
Para reconocerse se colocaron pañales blancos de tela sobre la cabeza. El gesto resolvía una dificultad inmediata. Con el tiempo, identificaría su lucha en todo el mundo.
Casi medio siglo después, los pañuelos ocupan un lugar reconocible en las movilizaciones americanas. Se levantan frente a los congresos, se anudan a las muñecas, cuelgan de las mochilas y acompañan a las personas mucho más allá de terminada una marcha.
Sus colores permiten reconocer demandas, encontrar compañeras y expresar una posición sin necesidad de hablar. El verde por el aborto legal tiene una filiación explícita con el blanco de las Madres de Plaza de Mayo, la historia de estos pañuelos reúne conexiones documentadas y afinidades que materializan ideas compartidas.
Un pañal para buscar a los hijos.
Las Madres comenzaron a reunirse en la Plaza de Mayo el 30 de abril de 1977. Ante la falta de respuestas sobre sus hijos, llevaron la búsqueda frente a la Casa Rosada, sede del Gobierno argentino.
Según la Asociación Madres de Plaza de Mayo el uso del pañuelo blanco se remonta al 1 de octubre de aquel año, durante la peregrinación a Luján. Algunas llegaban desde distintos puntos del recorrido y necesitaban identificarse entre miles de personas.
El objeto estaba ligado a quienes buscaban. Un pañal conservado desde la infancia podría convertirse en una denuncia sobre la desaparición de ese mismo hijo. Después llegaron los nombres bordados, las fechas y las consignas. Las distintas organizaciones de Madres desarrollaron sus propias formas de llevarlo, pero el blanco quedó asociado a una búsqueda compartida.
Aquel pañuelo pasó a representar una exigencia de memoria, verdad y justicia que continuó después del regreso de la democracia. Su influencia enseñó a una sociedad a que el dolor que cada familia atravesaba en soledad podía convertirse en organización y demanda pública. Las rondas de los jueves, las fotografías y los viajes de denuncia hicieron reconocible el símbolo fuera de Argentina.
Su legado trasciende hoy la vida de aquellas Madres que hicieron de una orden arbitraria una forma de resistencia. Les ordenaron circular para dispersarse y ellas siguieron caminando juntas. Volver a la plaza se convirtió en un ritual sostenido con orgullo, una manera de reclamar justicia que quedó en la memoria de un pueblo y que otras generaciones continúan haciendo propia.
Las historias propias de la memoria.
En Chile, el pañuelo blanco está ligado a la cueca sola. Las mujeres de la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos transformaron una danza de pareja en una denuncia, bailaban con la fotografía de su familiar sobre el pecho y agitaban el pañuelo frente a una ausencia. El conjunto presentó públicamente esta expresión de protesta el 8 de marzo de 1978, en Santiago.
La experiencia dialoga con las rondas argentinas por su denuncia de la desaparición forzada, pero procede de una tradición cultural chilena.
En México, el colectivo Fuentes Rojas desarrolló desde 2011 `Bordando por la paz y la memoria. Una víctima, un pañuelo´. En reuniones públicas, las personas bordan nombres e historias de víctimas de la violencia. Los pañuelos forman un archivo que devuelve identidades a quienes suelen aparecer reducidos a cifras.
En Estados Unidos, activistas indígenas convocaron a llevar pañuelos o bufandas rojas para visibilizar las desapariciones y los asesinatos de mujeres indígenas. En enero de 2018, la escritora y jurista dakota y lakota Ruth Hopkins explicó que el rojo tenía un significado sagrado para su pueblo y ya expresaba unidad en esas movilizaciones.
El verde, una herencia deliberada.

Los primeros pañuelos verdes aparecieron en 2003, durante el XVIII Encuentro Nacional de Mujeres celebrado en Rosario (Argentina). EFE/Juan Ignacio Roncoroni
La conexión más extendida se produjo con el pañuelo verde de la lucha por el derecho a decidir. Los primeros pañuelos verdes aparecieron en 2003, durante el XVIII Encuentro Nacional de Mujeres celebrado en Rosario (Argentina).
Entre sus impulsoras estuvieron Marta Alanís y Susana Chiarotti que luego integrarían la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito, constituida en 2005.
La referencia a las Madres fue deliberada. Se retomaba un objeto asociado a los derechos humanos para reclamar autonomía reproductiva y evitar las muertes por abortos clandestinos. Alanís explicó que el verde ofrecía un color menos identificado con otros espacios y podía expresar esperanza.
El pañuelo cambió también de lugar. De la cabeza pasó al cuello, la muñeca y la mochila. Una estudiante podía llevarlo al colegio, una trabajadora en su bolso y una artista alzarlo en un escenario. La demanda se hacía visible mucho más allá de las marchas. En 2018, el debate parlamentario argentino multiplicó esas imágenes.
Los pañuelazos convirtieron el acto de levantar una tela en una forma de movilización que podía repetirse en varias ciudades.
En México, las manifestaciones de solidaridad de agosto de aquel año contribuyeron a su adopción. Las investigadoras Karina Felitti y María del Rosario Ramírez Morales documentaron que algunos grupos habían considerado crear una insignia blanca o dorada. Finalmente eligieron el verde, que ya permitía reconocer internacionalmente el reclamo por el aborto legal.
El símbolo se incorporó a las movilizaciones de Chile, Colombia, Perú, Brasil y otros países. Su expansión acompañó movimientos con historias propias, estrategias diferentes y condiciones legales desiguales.
En Costa Rica, por ejemplo, el verde convivió con el morado. El 8 de agosto de 2018, mientras el Senado argentino debatía el proyecto, activistas costarricenses se concentraron frente a la Casa Presidencial para exigir la norma técnica que permitiera aplicar el aborto terapéutico.
La convocatoria reunía una demanda nacional y el apoyo a las argentinas. La circulación llegó a Estados Unidos. En 2022, durante las protestas contra la eliminación de la protección constitucional federal del aborto, aparecieron pañuelos verdes en Washington, Los Ángeles y otras ciudades. Activistas estadounidenses tomaban como referencia las experiencias organizativas latinoamericanas.
El violeta, vivir sin violencia.

Ni Una Menos, cuya primera convocatoria masiva se realizó el 3 de junio de 2015 en Argentina y después se extendió a otros países. EFE/ Jesús Diges
Los pañuelos violetas acompañaron las movilizaciones de "Ni Una Menos", cuya primera convocatoria masiva se realizó el 3 de junio de 2015 en Argentina y después se extendió a otros países. El color pertenecía desde mucho antes a la tradición feminista. La consigna se incorporó a las demandas contra los feminicidios y la violencia machista.
En las marchas convivieron pañuelos violetas, verdes y blancos, distintas generaciones y reclamos compartían el espacio público. Nora Cortiñas, integrante de Madres de Plaza de Mayo–Línea Fundadora, expresó ese encuentro de una manera visible. Llevaba el pañuelo blanco en la cabeza y el verde en la muñeca. Su participación en las luchas feministas dio un rostro concreto a la relación entre generaciones.
En Colombia, el violeta adquirió además un significado específico en la reivindicación de las víctimas de violencia sexual del conflicto armado. La periodista y sobreviviente Jineth Bedoya, impulsora de "No Es Hora de Callar", promovió su uso como una expresión de dignidad.
En mayo de 2019, la Fundación para la Libertad de Prensa se sumó a la invitación de llevarlo durante el Día Nacional por la Dignidad de las Víctimas de Violencia Sexual. El pañuelo acompañaba una demanda de reconocimiento y justicia frente a agresiones que habían permanecido silenciadas.
Rojo y azul: escuchar a quienes denuncian.
En noviembre de 2018, el colectivo argentino "Yo Sí Te Creo" presentó un pañuelo rojo contra la violencia sexual en las infancias. Andrea Mila, integrante del espacio, explicó que el color remite a una revisión de Caperucita Roja, una protagonista que dejaba de aceptar el relato del lobo y perdía el miedo a enfrentarlo.
El colectivo reunía organizaciones, sobrevivientes y personas que reclamaban protección y acompañamiento. “Yo sí te creo” ofrecía una respuesta frente al aislamiento y el descrédito de quienes denunciaban. El pañuelo hacía visible una comunidad dispuesta a escuchar y a exigir investigación, reparación y medidas de protección.
El vínculo con las Madres quedó expresado en una acción del 21 de noviembre de 2024. Sobrevivientes y madres protectoras participaron de la ronda de Plaza de Mayo con sus pañuelos rojos.
Yama Corin, una de las participantes, reconoció en las Madres un ejemplo de resistencia e inscribió la protección de las infancias dentro de la lucha por los derechos humanos.
En Uruguay, el Proyecto Ikove utiliza pañuelos azules contra las violencias sexuales. Los acompaña con dos consignas:
“Justicia es que no pase” y “Justicia es que nos crean”
El colectivo de sobrevivientes reclama prevención, atención integral y condiciones para acceder a la justicia. La primera frase plantea una exigencia que va más allá de conseguir una condena. Pide que las instituciones escuchen las advertencias y actúen antes de que ocurra la violencia. Cuando el daño ya se produjo, reclama una respuesta que no vuelva a vulnerar a quien busca ayuda.
El amarillo, el derecho a ser.
En Uruguay, el amarillo tuvo otra identificación durante la campaña “Ley Trans Ya”, en 2018. Los colectivos que reclamaban una ley integral para las personas trans retomaron expresamente la estrategia del movimiento argentino por el aborto legal. La adaptaron a una demanda por identidad, salud, educación, trabajo y reparación.
Los pañuelos llevaban el pedido de aprobación y la consigna “Nuestro derecho a ser es urgente”. La discusión alcanzó las aulas. En octubre de aquel año, organizaciones denunciaron que un estudiante de Soriano (Uruguay) había recibido la orden de quitarse el pañuelo que llevaba en la muñeca dentro de su liceo.
La prenda se había convertido en motivo de disputa sobre la expresión pública de esos derechos. La ley fue promulgada el 26 de octubre de 2018. El amarillo quedó asociado a la movilización que acompañó su aprobación.
El naranja y las decisiones públicas.
Durante el debate argentino sobre el aborto, en 2018, el pañuelo naranja adquirió visibilidad con las campañas por un Estado laico. “Iglesia y Estado, asuntos separados” reclamaba distinguir las creencias personales de las decisiones públicas. Las organizaciones cuestionaban la influencia religiosa sobre las políticas y el financiamiento estatal de instituciones eclesiásticas.
El naranja aparecía junto al verde. Para quienes llevaban ambos, el acceso a los derechos sexuales y reproductivos requería instituciones capaces de garantizar derechos con independencia de las doctrinas religiosas.
Otras campañas también eligieron un pañuelo para identificarse. “Mi parto, mi decisión”, contra la violencia ginecobstétrica, adoptó uno rojo con un diseño que representa un cuerpo gestante. Sus integrantes vinculan el color con la sangre y reclaman consentimiento, información y respeto durante la atención sanitaria.
El celeste, el formato que cambia de bando.
En 2018, las organizaciones contrarias a la legalización del aborto difundieron el celeste con la consigna
“Salvemos las dos vidas”.
En mayo de aquel año, la organización “Más Vida" anunció su presentación frente al Congreso. El color remitía a la bandera argentina y buscaba construir una identificación colectiva frente al verde.
Las investigadoras Magdalena López y Jorgelina Mariana Loza recogieron un antecedente anterior. Integrantes de Juventud con una Misión les relataron que, en 2001, mujeres evangélicas identificadas como Mujeres de Fe acompañaban las rondas de las Madres durante las protestas por la crisis económica con pañuelos celestes que llevaban una cruz.
Según ese testimonio, en 2018 retomaron el color con un nuevo diseño y la consigna contra la legalización del aborto. El celeste también cruzó fronteras.
En septiembre de 2018, organizaciones conservadoras mexicanas lanzaron “Llega la Ola Celeste a México” y retomaron tanto el pañuelo como la consigna argentina. Su recorrido muestra que las estrategias también viajan entre adversarios.
De América a España.

En octubre de 1977, un grupo de mujeres necesitaba encontrarse entre la multitud que peregrinaba a la basílica de Luján, en Argentina.EFE/INFOSIC/ENRIQUE MARCARIAN/MK.
En mayo de 2024, treinta estatuas de Madrid amanecieron con pañuelos verdes. Entre ellas estaban el Oso y el Madroño y la de Velázquez, frente al Museo del Prado. La intervención del colectivo Violetas(N) acompañaba la iniciativa europea “Mi voz, mi decisión”, por el acceso al aborto seguro y gratuito, y retomaba expresamente el símbolo argentino.
Los pañuelos morados también aparecen en las convocatorias españolas contra la violencia machista. Asociaciones, escuelas y ayuntamientos los utilizan en marchas y actividades de sensibilización. En Jerez, la convocatoria del 25 de noviembre de 2025 pidió acudir de negro y con pañuelos morados en señal de duelo por las mujeres asesinadas.
El verde permite seguir una transmisión concreta desde Argentina. El morado pertenece a una tradición feminista más amplia. Los colores se encuentran en las calles, aunque sus recorridos no sean idénticos.
Las luchas siguen circulando.
Cada jueves, las Madres volvían a una plaza donde el poder les había ordenado circular. Convirtieron aquella orden en una ronda y la ronda en una práctica que otras generaciones aprendieron a sostener. Regresar significaba insistir en que la falta de respuestas no podía convertirse en una forma de cerrar la historia.
Su lucha atravesó las fronteras y se volvió una referencia para movimientos de derechos humanos de la región. Enseñaron una forma de organizarse frente al silencio, a encontrarse y reconocerse en el dolor de otra, en una demanda compartida y hacerla pública.
La continuidad de los jueves permitió que personas que no habían vivido la dictadura comprendieran que la búsqueda de justicia también requiere tiempo, presencia y organización.
Los pañuelos que retomaron esa experiencia llevan reclamos propios. En sus diferencias puede reconocerse una herencia, aquello que se presentaba como un problema individual encuentra una comunidad dispuesta a reclamar. Muchas Madres murieron sin saber qué ocurrió con sus hijos.
Esa deuda permanece y no debe quedar disuelta en el homenaje. Recordarlas implica sostener sus preguntas, exigir que se abran los archivos y continuar buscando a quienes todavía faltan. Pero su presencia ya no depende solamente de que ellas puedan llegar a la plaza.
Está también en quienes aprendieron a volver, en las jóvenes que anudan un pañuelo a su mochila y en las sobrevivientes que encuentran a otras para hacerse escuchar.
Los colores que continúan esa enseñanza forman parte de la memoria viva de los pueblos, una memoria que se transmite cuando alguien toma una lucha que no comenzó con su propia vida y decide no dejarla en el olvido.
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