Guadalajara, Jalisco.
Pantallas, algoritmos e inteligencia artificial están modificando nuestra manera de informarnos, comunicarnos y aprender.
Ante este escenario, Santiago Tejedor, catedrático de Periodismo de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB) y director del Gabinete de Comunicación y Educación, reivindica la necesidad de combinar innovación tecnológica, pensamiento crítico y valores.
Periodista, investigador y docente, ha dedicado buena parte de su trayectoria al estudio de la alfabetización mediática, el ciberperiodismo, las nuevas narrativas y la educomunicación, impulsando proyectos en España, Europa y América Latina.
En su último libro, Inteligencia Artificial y periodismo: cómo formar a los comunicadores del futuro, aborda una pregunta que trasciende las facultades de Comunicación: qué debemos enseñar cuando las máquinas ya son capaces de realizar muchas de las tareas que tradicionalmente pedíamos a nuestros estudiantes.
Su respuesta reivindica una educación capaz de aprovechar la tecnología sin renunciar a aquello que nos hace humanos.
- En 2026, la Universitat Autònoma de Barcelona reconoció su trayectoria y compromiso con la enseñanza en el marco de sus Premios a la Excelencia Docente.

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¿Qué podemos esperar del sistema educativo en un mundo marcado por las pantallas, la IA y la celeridad?
Espero, sobre todo, que sea capaz de ofrecer aquello que nuestro entorno empieza a dificultarnos: tiempo para pensar, criterio para elegir, capacidad para preguntar y espacios para encontrarnos con los demás.
Vivimos rodeados de estímulos. Saltamos de una pantalla a otra, consumimos contenidos muy breves y obtenemos respuestas prácticamente inmediatas. La inteligencia artificial acelera todavía más ese proceso.
Sin embargo, aprender necesita también lentitud. Hay que leer, equivocarse, volver atrás, relacionar ideas, discutir y cambiar de opinión.
Por eso no creo que la educación deba competir con la velocidad de las plataformas.
En determinados momentos debe hacer exactamente lo contrario: enseñarnos a detenernos. Esto no significa rechazar la tecnología. Tenemos una oportunidad extraordinaria para personalizar aprendizajes, crear contenidos, romper distancias y conectar estudiantes y profesores de distintos lugares del mundo. En el espacio iberoamericano esto resulta especialmente interesante.
Pero debemos recordar que incorporar tecnología no equivale automáticamente a innovar. La pregunta educativa fundamental sigue siendo para qué. ¿Para qué utilizamos una herramienta? ¿Qué aprendizaje mejora? ¿Qué capacidad desarrolla? ¿Qué valor aporta? La tecnología debería estar al servicio de esas preguntas y no al revés.
En tu último libro, Inteligencia Artificial y periodismo: cómo formar a los comunicadores del futuro, reflexionas sobre los desafíos formativos del presente y del futuro. ¿Cuáles son?
Hay una pregunta que atraviesa buena parte de esa reflexión: ¿qué debemos enseñar cuando una máquina puede hacer en segundos algunas de las tareas que durante años hemos pedido a nuestros estudiantes?
El primer desafío consiste, por tanto, en revisar qué significa aprender. Si una actividad puede ser resuelta perfectamente por una IA en diez segundos, quizá tengamos que replantear la actividad y no limitarnos a prohibir la herramienta. El segundo desafío es formar criterio.
Nuestros estudiantes deben aprender a utilizar la IA, pero también a cuestionarla, verificar sus resultados, detectar errores y comprender sus sesgos y limitaciones.
En mis clases lo resumo mediante tres movimientos: pensar con la IA, pensar sobre la IA y conservar la capacidad de pensar sin la IA.
El tercero tiene que ver con las competencias humanas. Paradójicamente, cuanto más avanzadas son estas tecnologías, más importantes me parecen la curiosidad, la creatividad, la cultura general, la empatía, la capacidad de escucha o la formulación de buenas preguntas. Y existe un cuarto desafío que atraviesa todos los anteriores: los valores.
No podemos formar únicamente usuarios eficientes de inteligencia artificial. Necesitamos profesionales capaces de decidir cuándo utilizarla, para qué hacerlo y qué consecuencias puede tener esa decisión.
¿Qué periodismo demanda el mundo IA?
Un periodismo que vuelva a ser muy periodístico. Puede parecer una contradicción, pero creo que la IA nos obliga a recuperar los fundamentos del oficio. En un mundo donde generar contenidos será cada vez más sencillo, el valor diferencial estará en buscar, preguntar, contrastar, verificar, contextualizar y explicar.
La inteligencia artificial puede ayudarnos a analizar documentos, trabajar con datos, traducir, transcribir o explorar grandes cantidades de información.
Debemos aprovechar esas posibilidades. Pero generar un texto plausible no es hacer periodismo. El periodista tiene que salir.
Tiene que encontrar fuentes, mirar donde otros no están mirando, hacer preguntas incómodas y comprobar aquello que pretende publicar.
Además, necesitaremos periodistas con una sólida formación humanística. La tecnología puede proporcionar información sobre prácticamente cualquier tema, pero para formular una buena pregunta necesitamos comprender el contexto. En ese sentido, el periodismo del futuro será probablemente muy tecnológico, pero debería ser también más crítico, más transparente y más humano.
¿Qué papel jugará la ética?
Fundamental. La IA multiplica nuestra capacidad para hacer cosas y, precisamente por eso, aumenta nuestra responsabilidad. Podemos generar una fotografía de una persona que nunca existió, reproducir una voz, automatizar contenidos o modificar imágenes con un grado de realismo extraordinario. La primera pregunta suele ser: «¿Podemos hacerlo?». La educación debería incorporar inmediatamente una segunda:
«¿Debemos hacerlo?». Y después otras: ¿debemos informar a la audiencia de que hemos utilizado IA?, ¿quién responde cuando una herramienta comete un error?, ¿cómo protegemos las fuentes?, ¿qué ocurre con los derechos de autor?, ¿qué sesgos estamos reproduciendo?
Pero tampoco debemos presentar la ética como una consecuencia de la llegada de la IA. La ética siempre ha sido esencial para el periodismo. Lo nuevo es la escala y la velocidad de algunos dilemas. Por eso defiendo que no debería enseñarse como un apartado añadido al final de una asignatura tecnológica.
Tiene que acompañar cada decisión profesional. La innovación sin responsabilidad puede producir herramientas extraordinarias y, al mismo tiempo, sociedades peores.
¿Por qué es tan importante la media literacy?
Porque hoy todos somos receptores, pero también potenciales emisores. Durante una gran parte del día recibimos contenidos seleccionados por plataformas y algoritmos. Y ahora debemos añadir contenidos generados artificialmente que pueden resultar extremadamente difíciles de distinguir de los producidos por personas.
La alfabetización mediática nos proporciona una especie de caja de herramientas intelectual para desenvolvernos en ese entorno.
Nos enseña a preguntar quién produce un mensaje, qué fuentes utiliza, qué evidencias presenta, qué intereses pueden existir y por qué ese contenido ha llegado hasta nosotros.
Pero me interesa insistir en algo: la media literacy no debería limitarse a enseñarnos a detectar noticias falsas.
También debe enseñarnos a participar responsablemente en el ecosistema comunicativo. Un adolescente con un teléfono puede producir y difundir contenidos potencialmente accesibles para miles de personas.
Por eso necesitamos trabajar autoría, respeto, privacidad, verificación, empatía y responsabilidad. En definitiva, la alfabetización mediática no es solo una competencia comunicativa. En el contexto actual se ha convertido en una competencia educativa y ciudadana.
Proyectos y misión del Gabinete de Comunicación y Educación de la UAB
El Gabinete es un grupo de investigación de la Universitat Autònoma de Barcelona que trabaja desde hace años precisamente en el encuentro entre dos ámbitos que consideramos inseparables: comunicación y educación.
Desarrollamos investigación, formación, divulgación y transferencia en campos como alfabetización mediática, inteligencia artificial, desinformación, periodismo, nuevas narrativas, educación medioambiental y comunicación científica. Y tenemos una importante vocación internacional, especialmente vinculada con Europa y América Latina.
Una característica que intentamos mantener es que nuestros proyectos no terminen únicamente en un artículo científico. Evidentemente investigamos y publicamos, pero intentamos transformar también los resultados en recursos que puedan utilizar profesores, estudiantes, periodistas o ciudadanos: plataformas, materiales educativos, experiencias interactivas, observatorios, contenidos multimedia o propuestas formativas.
Proyectos como IACOM nos permiten estudiar cómo la inteligencia artificial está modificando la comunicación y la formación de los futuros profesionales. Con Dea Dama hemos explorado nuevas narrativas y herramientas para acercar la ciencia y la educación medioambiental a la ciudadanía.
Y mediante iniciativas de alfabetización mediática y lucha contra la desinformación hemos trabajado en la formación de ciudadanos capaces de desenvolverse críticamente en el nuevo ecosistema informativo.
Todo ello responde a una idea que para nosotros es importante: la universidad debe investigar los problemas de la sociedad, pero también intentar devolver a la sociedad herramientas para afrontarlos. Quizá ahí convergen educación y comunicación. Ambas necesitan tecnología, pero también valores.
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