Guadalajara, Jalisco.
Si usted pretende que le cuente una receta sencilla para que los recuerdos públicos se impregnen y perduren en la vida común, mejor no lea esto. Lo que aquí vamos a contar es la historia de cómo los periodistas van construyendo, poco a poco, un producto cultural —un libro, una película o un documental— que ayude a que las víctimas reconozcan la violencia que vivieron y que los perpetradores no puedan dormir nunca en paz, como ha dicho Mónica González.
La memoria es un ingrediente de la justicia; no se puede entender la paz social sin el derecho a conocer la verdad. Al igual que el periodismo, la memoria tiene método: requiere de un proceso riguroso con la búsqueda de la verdad, abrazando el compromiso ético de publicar lo que podamos confirmar.
Lo que usted está a punto de leer ayuda a desentrañar las formas que usan algunos de los mejores periodistas de América Latina para contar un relato. Casos extraordinarios de Argentina, Chile, Colombia y Méxicoque costaron décadas de construir.
Empiezan, casi siempre, con situaciones al límite: personas a punto de morir que han decidido hablar.
Walter Benjamin, Hannah Arendt o Viktor Frankl no eran periodistas, pero escribieron sobre esto después de las grandes guerras. Luego vinieron los clásicos del periodismo durante la segunda mitad del siglo XX: Hemingway, Capote, Kapuściński y Svetlana Aleksiévich. Todos coinciden: a las personas que viven situaciones al límite hay que esperarlas a que nombren lo que les pasó. Para encontrarlo, los periodistas deben entrenar la paciencia, las preguntas, la pluma y pensar en el lenguaje audiovisual donde se va a publicar.
La primera trampa de este manual es que no funciona para todos ni para siempre. Las personas entrevistadas son reporteros y una académica fundamental de un continente marcado por dictaduras y violaciones sistemáticas a los derechos humanos: la argentina Elizabeth Jelin. Los colegas, todos, son latinoamericanos: Patricia Nieto, Mónica González, Olga Lucía Lozano, Marcela Turati y Ricardo Raphael. Cada uno detalló sus secretos frente a la página en blanco tras un recorrido de meses de entrevistas y videollamadas.
Marcela: cuando el dolor se vuelve palabra.

Fotografía: Cortesía
Marcela Turati parece buscar algo más complejo que la declaración o el dato duro: la manera en que el dolor se vuelve palabra. “El tema de la pobreza me preocupaba muchísimo”, dice al recordar que, antes del periodismo, quería ser misionera en África o India.
Quizá por eso sus primeras notas nacieron en las orillas del horror: el hambre en la sierra Tarahumara, cubrir comunidades indígenas y medio ambiente. Mientras otros buscaban declaraciones oficiales, ella aprendió que “los poderosos tienen sus propios medios; lo que tengo que cubrir es a los que no tienen”.
En la Universidad Iberoamericana entendió que las historias podían mover estructuras, pero que narrar exige tiempo. Escuchar. Esperar. “Yo nunca quería regresar a la redacción”, cuenta entre risas. Viajaba por una historia y volvía con cuatro. Extendía las coberturas y armaba carpetas con datos porque intuía que esas vidas reaparecerían. “Soy acumuladora”, dice.
El periodismo que aprendió en el diario Reforma consistía en pasar de la anécdota al problema estructural. Esa intuición la llevó a recorrer el continente para saber si el oficio cambiaba algo. En Argentina descubrió el auge de la crónica y entendió que el periodismo podía ser colectivo. “Tenemos que dejar de ser los camilleros de la política social”, dijo entonces. No significaba ignorar el dolor, sino mirar el sistema que lo produce.
Entonces vino la guerra en México: las fosas, los desaparecidos y las masacres. Ahí comenzó la obsesión de su primer libro, Fuego cruzado, y años después, San Fernando: Última parada. Mientras muchos medios se concentraban en los cárteles, ella quería saber quién era el muchacho colgado de un puente. Acumuló libretas, testimonios y archivos forenses porque intuía que el periodismo funciona como un registro para el futuro.
La construcción de San Fernando tomó más de una década; costaba encontrar la forma ética de narrar el horror de las víctimas asesinadas con marros. Comprendió que necesitaba un collage narrativo de documentos, voces fragmentadas y escenas superpuestas, donde el lector pudiera prepararse emocionalmente.
El periodismo, dice, no siempre cambia las cosas de inmediato, a veces apenas deja una huella para siempre volver. “Nosotros no vamos a ver los efectos de nuestro trabajo”, dice citando a Javier Darío Restrepo, “pero hay que tener fe”.
Patricia y la paciencia para ayudar a nombrar
Patricia Nieto llegó al oficio intentando comprender cómo narrar el dolor sin destruir de nuevo. Su historia comienza en el Medellín más violento del narcotráfico. El 16 de febrero de 1991, un carro bomba explotó afuera de la Plaza de Toros La Macarena. Días después, en la morgue, una mujer le pidió que la acompañara a reconocer un cuerpo. “Yo nunca había visto un muerto en mi vida”, recuerda. Volvió devastada a la redacción, donde un reportero veterano le dijo fríamente que “de eso se trataba el periodismo”. Era una época sin protocolos emocionales ni formación en derechos humanos.
En 1998 llegó la masacre de Machuca: el Ejército de Liberación Nacional (ELN) dinamitó un oleoducto y el fuego arrasó un pueblo, matando a más de 80 personas. Patricia viajó sola. Al revisar sus casetes, descubrió algo decisivo: las víctimas, sumidas en el llanto y el miedo, aún no podían construir una historia coherente. “No había noción del acontecimiento”.
Ahí apareció la duda ética: ¿Qué validez tiene un testimonio dado en medio del terror? Patricia dejó de escribir durante años. Ese silencio se convirtió en método. Decidió regresar a las víctimas mediante talleres de escritura apoyados por la Universidad de Antioquia, donde fueron construyendo metodologías específicas, entendiendo que la memoria no aparece por presión, sino por mediación.

Fotografía: cortesía
Antes de escribir, mediaba la cocina, el dibujo y los sabores cotidianos para que las palabras del trauma emergieran. Las víctimas recordaban la finca, el río y el dolor encontraba, poco a poco, su propia estructura. Escribir era también editar la vida: algunas personas quitaban nombres de asesinos para protegerse; otras discutían recuerdos con sus vecinos. “La memoria no es el libro publicado”, dice Nieto, “es la conversación que ese relato genera”.
El periodismo de memoria vuelve al pasado para buscar sentido: “En el primer momento buscamos la precisión de los datos. En el segundo buscamos el significado”. Tras décadas cubriendo guerras, se inventaron un método: descubrieron que en el periodismo a veces se necesita cocinar antes de preguntar. Y siempre hay que callar antes de escribir.
Ricardo y su método: arqueología de expedientes
Ricardo Raphael llegó al periodismo intentando responder cómo funciona el poder cuando nadie lo mira. Su camino es atípico: estudió derecho, ciencia política y economía. Mientras realizaba estudios en París se convirtió en corresponsal y, sin darse cuenta, la mayor parte de su vida se volcó a contar historias

Fotografía: cortesía
Para sortear el vértigo de la actualidad, decidió mantener siempre una investigación de largo aliento en su escritorio. Le interesa poco la coyuntura, pero más los mecanismos estructurales ocultos debajo de las versiones oficiales. Tras explorar las élites políticas y sumergirse en la historia de un fundador de Los Zetas en Hijo de la guerra, se topó con el "Caso Wallace".
Al revisar el expediente de este emblemático caso mexicano, intuyó que podía tratarse de una fabricación. Durante años logró reunir tres universos: una hemeroteca de dos décadas, miles de páginas judiciales y más de un centenar de entrevistas. Las tres versiones se contradecían. “La lectura del expediente fue la que me convenció”, explica. Para Raphael, la verdad se construye mediante corroboraciones sucesivas, comparando testimonios y contrastando evidencias, tal como hacen los historiadores.
En su libro Fabricación, esa búsqueda evidenció que los acusados habían sido excluidos del espacio público. Escucharlos hizo visible la complejidad. La memoria exige volver a preguntar y escuchar cuando creemos conocer la respuesta. Incluso, cuando creemos que nuestros colegas ya lo han hecho.
Mónica. Armar archivos para cuando la justicia llegue
En Chile, la dictadura militar asesinó a los amigos de Mónica González. Y tuvo que exiliarse. Cuando regresó, el país atravesaba una crisis económica devastadora. Una tarde, escuchó un anuncio oficial: debido a la emergencia, se suspendía la construcción de la residencia presidencial de Augusto Pinochet.
Al día siguiente, tomó un autobús a las afueras de Santiago, se sentó frente al terreno cercado y observó. Descubrió que la obra seguía a toda marcha. Así nació uno de los reportajes emblemáticos del periodismo chileno, reconstruyendo los lujos de la mansión Lo Curro conversando con los obreros. “Nadie me cree hasta hoy que yo nunca entré”, ríe.
Para González, la investigación consiste en aprender a mirar. Entendió que las dictaduras esconden dos enfermedades inseparables: represión y corrupción. Para entender la violencia, era necesario estudiar también a los perpetradores y financieros. Ideó bases de datos manuales para registrar nombres, rutas de desaparición y mapas. "Hay que entender quién alimenta la máquina, quién la aceita y quién la financia".
Mónica, pieza clave de la Fundación Gabo, sostiene que los periodistas construyen archivos para cuando la justicia finalmente llegue. En contextos de impunidad, cada documento verificado es una pieza judicial futura. Por eso su rigor es compulsivo: un error fortalece a quienes niegan la historia. “No tenemos más armas que la verdad”, sentencia. Ante un poder actual que se esconde en redes transnacionales, insiste en que los reporteros deben volver a la calle a escuchar, esperar y preguntar.

Fotografía: cortesía
Olga, la mujer que cuenta la historia de un país.
Olga Lucía Lozano dedicó años a experimentar con narrativas digitales en Colombia, pero nada la preparó para el reto de su vida: contar una guerra completa de más de medio siglo para el volumen transmedia del Informe Final de la Comisión de la Verdad.
El desafío consistía en convertir más de diez mil testimonios de víctimas, militares y exiliados en un relato común sin borrar sus diferencias. “Este es un solo relato sobre un solo conflicto”, explica. Lograrlo exigió escuchar a los sectores que jamás habían tenido voz. Para Olga, el relato humano tiene el mismo valor que la evidencia forense.
Lozano afirma que “la memoria la construye el periodismo”, dejando constancia del presente para las siguientes generaciones, evitando que los algoritmos automáticos decidan qué olvidar. La única vía es la desconfianza permanente de las versiones únicas. Tras trabajar con científicos de datos, historiadores y forenses, aprendió que las víctimas deben decidir cómo ser representadas. “La verdad en sí misma es un acto de reparación”. El fin del periodismo es mantener vivos los temas cuando el resto del mundo ha decidido mirar hacia otro lado.
Detrás del trauma habita una persona: los peligros del extractivismo ante una verdad cambiante.

Fotografía: cortesía
¿Qué ocurre cuando la memoria es analizada desde la academia? La respuesta conduce a Elizabeth Jelin. Durante tres décadas, la socióloga argentina ha estudiado el recuerdo social como un proceso vivo y político, e introduce un matiz necesario para los reporteros: “Las víctimas, además de ser víctimas, son personas”.
Jelin critica la práctica de reducir a un ser humano al hecho traumático que padecieron. “Entrevistarlas como una identidad igual cambia por completo el panorama”. Además, advierte que la memoria no es un depósito intacto, sino un proceso cambiante de reinterpretación. "No existe tal cosa como una verdad", afirma, sino interpretaciones mediadas por el contexto histórico.

Fotografía: cortesía
Recuperando estudios sobre la "incapacidad semiótica del trauma", Jelin explica que las situaciones extremas generan silencios y balbuceos que el periodismo no debe intentar traducir apresuradamente en narrativas perfectas. La verdad, como la memoria, se transforma con el tiempo.
Lanza una advertencia ética contra el extractivismo informativo: “Con tal de tener un dato, no se fijan si están invadiendo intimidades”. Conseguir un testimonio exige responsabilidad sobre sus efectos posteriores. Nombrar el dolor es imprescindible, pero nunca elimina el deber de cuidar a las personas que hacen posible la historia.
La memoria latinoamericana no es un bloque de mármol inmutable ni un inventario de cenizas; es un tejido vivo que el periodismo cultiva con su trabajo diario. Se nutre del diarismo, pero requiere del sosiego y el tesón de periodistas dispuestos a navegar a contracorriente de la inmediatez.
Al bajar el telón de este recorrido, queda claro que narrar el dolor del continente exige paciencia para esperar la palabra exacta, el rigor para desarmar las versiones del poder y la profunda decencia de recordar que, detrás de cada rastro o expediente, late una vida que merece ser respetada.
Este manual, por lo tanto, no ofrece respuestas finales, sino una brújula ética para los días en que la justicia tarda en llegar. Construir el relato histórico del presente es el último bastión de resistencia para que los perpetradores no descansen en paz y las sociedades encuentren, en la verdad, su primer acto de reparación.
Al final, cuando los algoritmos de la inmediatez decidan mirar hacia otro lado, el periodismo lento y de memoria seguirá ahí, cocinando las preguntas para mantener encendida la dignidad que se esconde en el pasado.
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Este es un trabajo periodístico que se realizó en el marco del Master de periodismo y democracia entre la Fundación Gabo y la Universidad Miguel Hernández de España
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