Europa.
Audre Lorde, poeta y activista, se autodefinía como “negra, lesbiana, madre, guerrera, poeta”. Ella consideraba la poesía como algo fundamentalmente político e hizo de su obra un desafío a las estructuras de poder.
Una lucha en la que también militaba la cantante Nina Simone —“El deber de un artista es reflejar los tiempos en los que vive”—, quien sostenía que el arte debía ser una herramienta de transformación, compromiso y resistencia política.
¿Qué es político/a?
Sus palabras ponen el foco en un dilema que ha dominado el arte —pintura, fotografía, literatura, cine— durante siglos: ¿Debe el arte ser político? Y, por extensión, ¿debe —o puede— separarse el arte de la política?
“Arte, doctrina u opinión referente al gobierno de los Estados”, “Actividad de quienes rigen o aspiran a regir los asuntos públicos” o “Actividad del ciudadano cuando interviene en los asuntos públicos con su opinión, con su voto, o de cualquier otro modo”, son algunas de las definiciones que ofrece la RAE para el término política/o.
Pero la política, lo político, no se reduce al Congreso, los partidos, las elecciones o las campañas. Es también cómo nos organizamos, quién toma las decisiones que afectan a la distribución de poder y los recursos, quién actúa y quién no. Y es en esta definición donde se inscribe el arte y su competencia política.
El arte como reflejo de su realidad sociopolítica
“El arte es el resultado de la expresión personal del artista y de su necesidad por comunicarse con el entorno”.
Explica Tamara Iglesias, historiadora del arte y redactora en medios especializados como Revista Amberes o MoonMagazine, en una entrevista con EFE. “A través de sus diversas manifestaciones, el artista comparte sus emociones, transmite ideas y brinda una experiencia cultural”.
De esta definición se extrae el carácter doble del arte: es individual en tanto que creación personal, pero también público al inscribirse en instituciones culturales.
Su doble naturaleza “autoriza hablar no solo del papel político del arte, sino de formas de arte decididamente políticas en todo un abanico de sentidos, desde legitimar el orden instituido al intento de subvertirlo”, explica el filósofo y político Carlos Martínez Gorriarán en su artículo académico ‘Política del arte y arte político: sobre crítica de poder y autonomía estética’.

Foto: EFE
“A mí me gusta diferenciar entre intención política activa, aquella que se desarrolla conscientemente, y la intención política pasiva”.
La primera clasificación se corresponde a un tipo de arte “que busca denunciar injusticias (la discriminación, la violencia contra las mujeres o la pobreza), concienciar sobre la necesidad de un cambio social (como frenar la destrucción del medioambiente) o dar visibilidad a los discursos de la otredad, entendiéndose como una condición que genera barreras y prejuicios en la estructura social”, resume la también conferenciante y escritora.
La historia del arte está plagada de ejemplos con una intención política explícita. La crítica de cine y comunicadora Gaby Meza escoge algunos ejemplos cinematográficos en su vídeo de YouTube ‘¿El cine ya es demasiado político?’:
“‘Selma’ pone a Martin Luther King marchando por los derechos civiles [o] ‘El vicio del poder’ te mete en la cabeza de Dick Cheney mientras decide invadir Irak”. E Iglesias opta por el trabajo de la fotógrafa Nan Goldin, quien “a partir de los años 80 tuvo como protagonistas a las personas con sida de su círculo personal. Escogió este tema para mostrar la discriminación social, así como los mitos y estigmas que sufrían estas personas”.
La historiadora también menciona ‘Las espigadoras’, de Jean-François Millet, una obra “eminentemente política” y “malinterpretada”.
En sus palabras: “Es una rotunda denuncia sobre las jerarquías económicas que sometían al campesinado a mediados del XIX. Estas mujeres no recogen espigas frondosas, sino los escasos restos de trigo que los estratos más acomodados dejaban atrás para finalizar la cosecha”.
Por otro lado, también aquellas obras, en apariencia, apolíticas, no lo son. “‘Barbie’ es una película rosa con chistes que también habla del patriarcado, roles de género y qué significa ser mujer.
O ‘Déjame salir’, una película que se vendió como terror psicológico, en realidad es un ensayo sobre el racismo liberal en Estados Unidos”, expone Meza.
E Iglesias recurre a la pintora Clara Peeters y sus bodegones para ilustrar su argumento. “Nació a finales del XVI, un momento en el que la pintura estaba vedada para la mayoría de las mujeres.
Las pocas que lograban dedicarse al oficio tenían prohibido representar aquellos temas que amenazasen con ‘corromper’ su virtud —desnudos o autorretratos—.
Pero Peeters no dudó en sublevarse contras estos convencionalismos añadiendo sutiles autorretratos en sus bodegones. Su reflejo puede verse en ‘Bodegón con quesos, almendras y pretzels’. Con este acto, no pretendía que el público reflexionara sobre la discriminación femenina, solo quería ser rebelde y dejar un pedacito de sí misma en aquellas piezas”.
Ninguna manifestación artística puede separarse ni de su autor, ni de la realidad social, cultural y política en la que se crea.
“La creación artística es inseparable del contexto del artista, y esto incluye los ámbitos histórico, social, político y económico
[...] Al igual que el resto de nosotros, los artistas están condicionados por aquello que les rodea y cuentan una historia afín a sus vivencias”.

Foto: EFE
La experta prosigue su alegato recurriendo a un escenario específico: “Cómo habría sido la obra de Vincent Van Gogh si no hubiera tenido tan mala suerte en el ámbito laboral: si no lo hubieran despedido como maestro en Ramsgate, como marchante de arte en Goupil&Cie, e incluso como misionero en Borinage; puede que se hubiera decidido por un estilo mucho más costumbrista.
También el mundo cinematográfico está lleno de casos que muestran el vínculo entre la realidad y la ficción. “[En] ‘Una rubia muy legal’ una mujer tiene que demostrar que puede ser inteligente y femenina en un mundo que le dice que solo puede ser una cosa. Salió en 2001 justo cuando el feminismo estaba cuestionando exactamente eso; tras el movimiento ‘Me Too’, comenzaron a surgir películas con protagonistas femeninas resilientes y con historias sobre abuso y poder: ‘El escándalo’, ‘Al descubierto’, ‘Una joven prometedora’... Respondían a un momento específico donde miles de mujeres estaban diciendo ‘¡Ya basta!’".
En resumen, como escribe Daniel P. Franklin en su libro ‘Politics and Film’, “no es la película en sí, es el momento en que sale y quién la está viendo”.
No es que el arte deba o no ser político, es que lo es. Siempre lo ha sido.
“El arte siempre será político, incluso de manera involuntaria, porque está ligado a su contexto. Para que el arte no fuera político
...El proceso de creación debería ser mecánico, aislado, y entonces no podríamos considerarlo arte. Sería un subproducto impersonal en una cadena de montaje. No sería auténtico, carecería del impulso creador y fallaría al establecer un diálogo abierto y atemporal entre el artista y el público”, concluye Iglesias.

Foto: EFE
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