Guadalajara, Jalisco
En Guadalajara, otrora ciudad de las rosas, abrir la llave se ha convertido en un acto de fe.
Hay quien lo hace despacio, como si el agua fuera a salir con vergüenza; quien coloca un vaso debajo para comprobar si esta vez será distinta, y quien, antes de acercar las manos, observa el chorro unos segundos, esperando encontrar alguna señal que le permita confiar.
A veces el agua sale turbia. Otras, con un olor que obliga a cerrar la llave de inmediato. Y en no pocas casas, la gente ya no sólo se pregunta cuándo volverá el servicio, sino si aquello que llega por las tuberías sirve realmente para lo que debería servir el agua: vivir.
En la Zona Metropolitana de Guadalajara, el Sistema Intermunicipal de Agua Potable y Alcantarillado, el SIAPA, se ha convertido en protagonista involuntario de una rutina que sus usuarios conocen más que bien, porque hay días en los que el agua escasea y otros, cuando finalmente llega, la desconfianza ocupa su lugar.
A las malas, la familia González ha aprendido a distribuir los garrafones como antes distribuía el gasto de la semana. Lucía, la jefa del hogar, ya no sólo reserva el agua embotellada para beberla: también la utiliza para lavar los trastes, preparar alimentos y hasta para las tareas más elementales de limpieza.
Su paradoja más clara es cuando la presión vuelve a las tuberías en el Barrio de Analco. Ahí, en los primeros enclaves de la Guadalajara que hoy se vive y sufre, es donde la gente decide si se atreve a utilizar, o no, lo que sale de ellas.
La crisis hídrica que las autoridades prefieren atenuar con eufemismos ha transformado las casas en pequeñas estaciones de abastecimiento. Porque el nuevo añadido del menaje consta de cubetas junto al lavadero, recipientes en el patio y botellas acumuladas en la cocina.
Aquí, en la segunda ciudad más grande en México, las conversaciones entre vecinos inician con la misma pregunta: ¿Ya te cayó agua? Después vienen las comparaciones, las fotografías, las quejas y las recomendaciones para usarla con el mínimo de riesgos. Cada colonia tiene su propio relato y cada familia ha desarrollado una estrategia para sobrevivir a un servicio que, por definición, debería estar garantizado.
Mientras tanto, el recibo continúa llegando. Basta preguntarle a Lety, quien colecciona muestras del agua que sale en su hogar de la Colonia Jardines del Country, y aunque ha debido pagar en tres ocasiones para que una pipa llene su aljibe, el recibo del SIAPA llega sin demoras. Fluye en un río administrativo, prístino, puntual y ajeno a la incertidumbre del usuario. “Son 450 pesos por el lodo consumido, por favor”.
Los días 11 y 18 de octubre de 2026, esa incertidumbre salió a la calle

EFE/ Francisco Guasco
Lo hizo en forma de una protesta que reunió a ciudadanos de cada rincón de la ciudad, quienes por unas horas dejaron las cubetas y los recipientes para ocupar el espacio público. No todos llegaron con pancartas elaboradas ni consignas ensayadas. Algunos sólo llevaban la fotografía del desastre que alguien llama agua; otros, con la muestra en vivo de ese insulto a la vista y al olfato encerrado en una botella que nadie quiso abrir.
La escena tuvo su dosis de absurdo, pues en una ciudad que se erigió junto a ríos de vida, las personas alzan la voz por agua con las condiciones mínimas para cocinar, bañarse, lavar la ropa y mantener una casa en condiciones dignas.
Esta inconformidad acumulada en las tuberías, en los recibos y en las llamadas que derivan a un número que siempre los ha dejado en espera simplemente detonó. La ciudadanía decidió no acostumbrarse a una anomalía y dejar de aceptar que el agua tenga sus periodos de entrega, sus horas de suministro y un olor que impregna la ropa y la dignidad humana.
La jornada, acordada afuera de la residencia oficial del gobernador y del Palacio de Gobierno, acumuló una gran molestia generalizada y sumó a una autoridad que decidió imponer barreras de hierro que líneas de diálogo.
- La confrontación con la autoridad devino en represión, detenciones arbitrarias y protocolos de seguridad mal ejecutados que llevaron una crisis humanitaria a una política. Y aunque la violencia se impuso, la resistencia lo hizo también. Tanto, que el clamor generalizado llegó a oídos de la prensa nacional e internacional: Guadalajara, la ex Perla de Occidente, hoy por hoy es una ciudad con manchas de agua.
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