Guadalajara, Jalisco.
El regreso de Fernando Eimbcke al largometraje encontró en Guadalajara un eco particular. Moscas, cinta encargada de inaugurar la más reciente edición del Festival Internacional de Cine en Guadalajara, se presentó ante un público que reaccionó de manera distinta a como lo había hecho en su paso por Europa, revelando no solo la capacidad del cine para adaptarse a contextos culturales diversos, sino también la apuesta del director por una historia que se sostiene en emociones compartidas.
Diferencias en la recepción de Moscas entre Berlín y Guadalajara
Acompañado por el elenco y parte de su equipo creativo, Eimbcke compartió con la prensa las sensaciones que dejó este primer encuentro con la audiencia mexicana. El realizador subrayó el contraste entre la proyección en Berlín y la función en Guadalajara, donde la identificación con el humor y las referencias resultó más inmediata.
“Siempre estrenar en tu país es una gozada. La recepción fue preciosa el público a diferencia de Berlín, se rindió en otros momentos que no esperaba
...Y fue muy grato poder conectar con tanta gente porque fue un screening gigantesco”.
La experiencia, explicó, permitió observar cómo una misma película puede transformarse dependiendo del entorno en el que se exhibe. Moscas fue concebida desde una vocación más amplia.
“Logramos hacer película muy universal que se puede ver en Alemania o en España, o en Chile, o en México, y creo que eso es algo que es muy bonito del cine, que puede viajar
...Que se puede presentar en diferentes lugares y tiene eso y también es un cine con una cosa que se hace algo como muy local”.
Humor y duelo como ejes temáticos en Moscas
Esa dualidad entre lo cercano y lo universal se construyó desde el guion, desarrollado junto a Vanesa Garnica, donde las experiencias ligadas a la pérdida, la enfermedad y el duelo funcionan como un punto de partida reconocible para distintas audiencias.
La propia guionista destacó el papel del humor como un mecanismo para atravesar lo doloroso, una herramienta que, aunque marcada por contextos culturales, logra trascender fronteras.
“Finalmente es un elemento catártico que yo creo que sí se traslada a donde sea. Independientemente de que el humor puede ser cultural
...Pero hay una avidez me parece por recurrir al humor en momentos dolorosos y eso sí creo que trasciende”.
En el terreno formal, la película apuesta por el blanco y negro como una decisión estética que dialoga con el cine clásico y refuerza el tono emocional del relato. Eimbcke reconoció la influencia directa de Charles Chaplin y explicó que el humor fue una brújula constante durante el proceso creativo.
“Muy inspirado por el humor de Chaplin… Sentíamos que el blanco y negro le daba esa cosa. También esa cosa poquito nostálgica no a esa comedia, para Vanesa y para mí era muy importante el humor
...De hecho nuestra manera de medir si nos gustaba una escena o no, nuestro termómetro era si nos reíamos o no nos reíamos… Y para eso es también el humor… no es como una cosa de ver a los personajes al mismo nivel. No reírse de ellos...
Sino ver esto que están pasando. Compartimos eso nos reímos porque nos identificamos, no porque no sentimos en otra parte. El humor es una muestra de humanidad”.
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